
Y, entonces, la nostalgia se apoderó de sus costumbres, de sus días y noches y de cada uno de los lunares que poblaban su espalda desnuda. Las palabras retumbaron paulatinamente sobre el lienzo impoluto de una ingenuidad donde los claroscuros se tornaron mucho más repentinos y desequilibrados. La temperatura de su nariz disminuyó conforme el viento iba alejándose hacia los mares del norte y sus clavículas comenzaron a dejar de ser tan uniformes como antaño. Las nubes ya no formaban parte de su vínculo más allegado y protector, al igual que todas las estrellas que una vez su mano derecha había dibujado sobre los pies de las mágicas apariencias. A veces, el color de sus ojos continuaba siendo un simple pretexto para evadirse de los momentos utópicos e idílicos que aparecían un día cualquiera a las seis de la tarde. Sus imperfecciones, cada vez más vistosas, aligeraron su paso en lo más profundo de la incertidumbre plena y su columna vertebral ya no era el puente que unía el querer y el poder en una misma frase. Los susurros anhelaban los respiros suaves y continuos de las conversaciones prohibidas cuando el frío era el espejo de la ausencia. Y, entonces, la nostalgia se apoderó de sus costumbres, de sus días y noches, de cada uno de los lunares que poblaban su espalda desnuda.
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