
Y llegaste. Llegaste tan de repente que la ausencia no pudo llegar a acostumbrarse del todo, tanto que las palabras vacías de antaño fueron cobrando sentido paulatinamente de una manera inexperta e inocente. Sin más, las horas quebradas retomaron los segundos perdidos, los minutos en los que el silencio era algo más que un simple pretexto para escrutar, sin tener en cuenta que, un día, todo se vería reducido a una nítida huida. Sin embargo, lo hiciste, lo hiciste careciendo de una razón aparente, de un motivo anhelado y cuestionado por la inseguridad del momento. Apreciaste los detalles más insignificantes y los hiciste parte de ti, parte de tus costumbres, de tus hábitos más cercanos. Casi sin quererlo, comenzaste a odiar hechos ajenos a tu persona, aquéllos que provocaban la existencia de un camino efímero construido a contrarreloj. Después, te perdiste entre las palabras de cada conversación improvisada, te aferraste a la compleja idea de un futuro incierto y, ya por último, te diste por vencido. Aceptaste la derrota, claudicaste de un modo inmediato y sencillo sin apenas luchar para conseguir una meta concreta. Y llegaste. Detuviste todo a la par que desordenaste los días y las noches, la melancolía absurda y utópica, las manos entrelazadas por un cúmulo de casualidades. Nunca nadie tuvo el valor suficiente para comprender las interrogaciones, las circunstancias que surgieron sin más, en cuestión de unos días. Y llegaste. Llegaste tan de repente que la ausencia no pudo llegar a acostumbrarse del todo.
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