miércoles, 12 de noviembre de 2008

efervescencia ocasional


Y te besé la espalda. Me puse cerca, muy cerca para oír tu respiración, para sentir que era parte de ti en ese efímero instante. Entonces lo hice, lo hice de nuevo. Volví a envolverme de tu perfume, de las notas que forman el pentagrama de tu rincón más secreto, de cada uno de tus lunares. Y ocurrió. Los azules se tornaron más oscuros, las intensidades variaron de sentido, las mezclas resultaron ser mucho más profundas y dulces… Las miradas fueron anudadas y la efervescencia ocasional atenuó su paso firme y constante. Y, más tarde, te besé la espalda. Me puse cerca, muy cerca para terminar lo que en un principio habíamos comenzado y me desvanecí entre la oscuridad vigente de aquella extraña y polvorienta habitación para pasar a ser sólo un recuerdo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Erre nunca...


Erre nunca supo mentir y mucho menos evitar ser tan vulnerable delante de la gente. Tampoco se sentía capaz de afrontar los problemas, de sentarse con ellos cara a cara una fría tarde de domingo a tomar un café, de sonreír frente a las desisitudes del tren de la vida. Jamás entendió a las personas, de hecho, siempre se decepcionaba, pues esperaba comportamientos, opiniones y deseos que nunca llegaban, o que se iban a la velocidad de la luz. Pocas veces consiguió hallar las respuestas a sus cuestiones e inventar palabras que sonaran amables con tal de complacer. Erre nunca supo por qué las despedidas tenían sabor ácido, por qué las palabras dejaron de sonar desde hacía tiempo, por qué había dejado de hacer sol en algún lugar cuyo nombre no recuerda...

lunes, 10 de noviembre de 2008

reciprocidad.


Y llegaste. Llegaste tan de repente que la ausencia no pudo llegar a acostumbrarse del todo, tanto que las palabras vacías de antaño fueron cobrando sentido paulatinamente de una manera inexperta e inocente. Sin más, las horas quebradas retomaron los segundos perdidos, los minutos en los que el silencio era algo más que un simple pretexto para escrutar, sin tener en cuenta que, un día, todo se vería reducido a una nítida huida. Sin embargo, lo hiciste, lo hiciste careciendo de una razón aparente, de un motivo anhelado y cuestionado por la inseguridad del momento. Apreciaste los detalles más insignificantes y los hiciste parte de ti, parte de tus costumbres, de tus hábitos más cercanos. Casi sin quererlo, comenzaste a odiar hechos ajenos a tu persona, aquéllos que provocaban la existencia de un camino efímero construido a contrarreloj. Después, te perdiste entre las palabras de cada conversación improvisada, te aferraste a la compleja idea de un futuro incierto y, ya por último, te diste por vencido. Aceptaste la derrota, claudicaste de un modo inmediato y sencillo sin apenas luchar para conseguir una meta concreta. Y llegaste. Detuviste todo a la par que desordenaste los días y las noches, la melancolía absurda y utópica, las manos entrelazadas por un cúmulo de casualidades. Nunca nadie tuvo el valor suficiente para comprender las interrogaciones, las circunstancias que surgieron sin más, en cuestión de unos días. Y llegaste. Llegaste tan de repente que la ausencia no pudo llegar a acostumbrarse del todo.